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Justina Chong; El cosechero (República Popular China), Exposición Let Cuba Live, Instituto Tricontinental de Investigación Social
La trinchera siempre está a un lado, si está enmedio la ocupó el enemigo.
A menudo disiento, por su imprecisión, del lema que saluda
al visitante que llega al pueblo guantanamero de Caimanera. Cuando visité esa bella localidad acompañado de Lázaro, mi yunta, me lo encontré así, de sopetón: “Bienvenidos a la
primera trinchera antiimperialista” porque, aunque se entiende que su situación
fronteriza con ese pedazo de Cuba usurpado por los EEUU y dedicado a Base Naval
en territorio extranjero le permite exhibir ese bello título, parece más
certero plantear que realmente toda Cuba sea esa trinchera. Trinchera a su
pesar y sometida a una guerra implacable por parte de los EEUU desde hace más
de 60 años, comercial, financiera, militar, mediática, mercenaria, diplomática
y no sé cuántas modalidades más le serían aplicables. Como consecuencia de ello
y como corresponde a esa categoría de resistencia, su margen de maniobra es
escaso, su exigencia de unidad interna, vital, y su eventual concesión a las
demandas imperialistas, un suicidio.
Lo aprendí hace muchos años y así me lo contaron cuando me
interesaba por el fundamento de algunas medidas que tomaban las autoridades
cubanas, para mí incomprensibles incluso en el contexto del que tratamos. “Es
la ley del todo o nada”, decían, no existen las posturas intermedias porque
esas son las que pretenden quienes desde dentro o desde fuera buscan crear la
brecha que acabará por destruirlo todo y hay que asumir que, como en toda guerra,
situarte en un bando es aceptar todo por unanimidad sin concesiones a los
matices ni a las medias tintas.
Por eso me cuesta entender algunos planteamientos que hacen
ahora algunas personas que nutren y han nutrido de forma nítida las filas
revolucionarias. Creo que la primera vez que lo noté fue hace unos meses,
cuando los sucesos mercenarios de San Isidro. Leí con cierta perplejidad una
declaración de la UNEAC, me parece que del grupo de la Isla de la Juventud, que
se situaba en una postura “intermedia” entre, no es textual pero creo
recoge bien lo que se declaraba, “los radicales de la revolución y los que
defienden el fin de esta a toda costa”, incluyendo en este último planteamiento
la intervención militar de la potencia extranjera. Me dio que pensar pues era
un punto de vista totalmente novedoso para mí, en clara contradicción con la
teoría dicotómica expresada antes y que siempre me llevó a confirmarme en un
extremo de este escenario, cuando tiendo a hacerlo más en los tercios medios.
No les diré qué punto escogí ante este dilema, pero sí por qué lo hice: no
puedo entender la equidistancia en la situación de Cuba. Bueno, en realidad lo
que pasa es que sí la puedo entender, porque para mí es una versión dulcificada
del extremo contrarrevolucionario, es admitir como válido el papel del poli-bueno
torturador que, buscando lo mismo que el poli-malo, te arrancan la
rendición para que el feroz no acabe contigo, es asumir la tercera vía que,
cuando alcanza su objetivo, enseña su cara verdadera que no es otra que la de
siempre, es dar por válida la edición actualizada de la revolución de los
colores, el fundamento de la nefasta primavera árabe trasladada al Caribe, es,
en fin, confirmar sin ambages el golpe blando que la hipocresía de los tiempos
les ha obligado a desarrollar para conseguir lo que nunca lograron en Cuba
aunque sí en otros paises con el golpe duro, el de la bota y el fusil del generalote
infame traidor a su pueblo.
Pretendí analizar exactamente qué significaba ser radical de la revolución cubana. A ver si acierto: ¿No querer que se entregue la patria al imperio? ¿Rechazar que tu país se convierta en ese estercolero de injustica y desigualdad que son otros paises de América Latina, o Cuba antes del 59, cuando, oh marine, oh boy, aparecen los EEUU en el horizonte dispuestos a inyectarte democracia? ¿Pretender que los cubanos, en especial los más vulnerables, sigan disfrutando de servicios públicos que garanticen su derecho a la salud, a la educación, a la protección social, al agua, la energía, la cultura, la vivienda, el deporte, etc? ¿No consentir que haya desnutrición infantil? ¿No admitir que haya represión, ni decenas de muertos y desaparecidos por la policía cada vez que se convocan manifestaciones contra el gobierno? ¿Luchar porque la policía no mate a los negros o a los líderes sociales impunemente por el mero hecho de serlo? ¿Defender que en aquella isla manden los cubanos y que las riquezas que generen se queden allí y se repartan entre todos? ¿Es eso ser radical de la Revolución? Pues entonces no lo duden: apúntenme a esa nómina de extremistas defensores de esa utopía que, con todas sus dificultades, es Cuba. Digan que admiro lo que ha logrado la Revolución cubana para la inmensa mayoría de la gente y, de paso, añadan que no pienso juntarme con los que entienden y justifican a los del bando contario y están dispuestos a renunciar a alguna o a todas esas conquistas “para que termine el asedio”, ni aun buscando vías de aproximación que aplaque sus iras.Veo en estos días que muchos, antes de emitir sus puntos de vista, anuncian que son y han sido firmes defensores de la revolución, como si eso imprimiera, ante nuestros ojos, alguna legitimidad para justificar su nuevo punto de vista. Y lo hacen con el ánimo de exponer, lo primero, que el bloqueo, ese formato de guerra que mantiene EEUU y sus satélites contra la mayor de las Antillas, es el origen de los problemas que allí enfrentan para, después, una vez señalada la bicha, sacarla de la ecuación por arte de birli-birloque y analizar los problemas como si esa cruda agresión no existiera y las cosas pasaran en ausencia de ella. Pues no, no es posible, el bloqueo criminal lo impregna todo y no se puede estudiar ni un átomo de la realidad cubana en cada detalle, incluidas las actuaciones gubernamentales que, con mayor o menor razón, a veces se critican, sin tenerlo presente. El bloqueo es un genocidio que atenaza y oprime la vida de los cubanos desde hace más de seis lustros, de manera que una vez dicho y admitido esto lo demás es música celestial, aderezos del problema que producen sus efectos exclusivamente desde una aportación puramente tangencial y cosmética, incluidas las cosas que sea preciso cambiar.
Quienes no lo admiten, lo niegan o hacen como que no tuviera
el devastador efecto que tiene, trabajan, a sabiendas o no, a favor de la
postura equidistante que, como la declaradamente intervencionista, busca acabar
con Cuba y con los derechos elementales de los cubanos.
Otra cosa es que se puedan y deban emprender cambios que mejoren la vida de la gente, su participación real en la gestión de los problemas y su capacidad de intervenir en las decisiones que tienen que ver con ella, sin poner en peligro los derechos de la mayoría, es decir, sin ceder nada a quienes quieren destruirlo todo, ni permitir que se abran brechas que puedan ocupar los que trabajan por el fin de lo alcanzado con tanto sacrificio.
Ahondar en la excepcionalidad que ofende al orden establecido.Elisa, inmigrante ecuatoriana en España desde hace más de 15
años donde trabaja como limpiadora, empleó todos sus ahorros, al igual que hizo
su hermano, en pagar las medicinas, el tratamiento, el oxígeno y la atención
sanitaria que necesitó su madre y un hermano discapacitado que viven en su país,
cuando enfermaron de COVID-19 y tuvieron que ser ingresados en un hospital
público, institución sanitaria en que, a pesar del nombre, se paga todo y, en estas circunstancias,
a precio de oro. Más de 40.000 € hubieron de enviar para hacer realidad esta
versión internacional de los llamados “gastos
catastróficos en salud”, según me contó Elisa el mismo día en que la tía
Delia, modesta jubilada que trabajó toda su vida como dependiente de una
cafetería, era dada de alta en el Hospital Provincial de Santiago de Cuba,
donde estuvo ingresada 45 días por la misma infección, después de recibir todo
tipo de atenciones de alto nivel científico y técnico, incluidos los
tratamientos farmacológicos que necesitó, la prolongada estancia en la UCI, la
oxigenoterapia y, por supuesto, la asistencia de los mejores profesionales de
la salud que se pueda imaginar y, ni que decir tiene, gratis
total. Es Cuba, mi hermano, se llama Sistema Sanitario Público,
universal, gratuito y de calidad y es la pequeña islita bloqueada dando ejemplos
al mundo de cómo se hace. Efectivamente, es el mal ejemplo que da un país pobre
y acosado que, a pesar de todo, exhibe los mejores indicadores de América en
evolución de la pandemia, incluido, claro, los EEUU, y que ha sido capaz de
desarrollar tres vacunas para la COVID-19, las únicas de Latinoamérica, con
niveles de eficacia equiparables a las más usadas en Occidente fabricadas por
multinacionales farmacéuticas. Con ellas, Cuba está vacunando a su población y piensa
donarlas a los paises que las necesiten y no puedan pagar los exorbitantes
precios de las vacunas comerciales. Los hay, malintencionados, que creen que
este alarde de la biotecnología cubana de primera línea y el daño que pudiera
causar a Astra Zéneca, Pfizzer, Johnson & Johnson y otros gigantes del
negocio farmacéutico, precipitó este asalto coordinado a la estabilidad social
cubana vivido en las últimas semanas. Lo fuera o no, la campaña de descrédito y
criminalización del sistema sanitario cubano y sus programas
de solidaridad internacional, que asombran al mundo llenándonos a muchos de
sana envidia y admiración, y a unos pocos miserables de repulsiva
indignación, es lo más vergonzoso e insultante de todas las canalladas con que el imperio difama y destruye las cosas más admirables que
este pequeño país brinda solidariamente al mundo y a los que, aquí y allá, más
lo necesitan.
Una media hora antes de que comenzaran los disturbios en Santiago de Cuba, el tío Angelito puso en candela el whatsapp: “Acaba de pasar por la Alameda lo peor de cada casa, tremendo elemento camina por ahí, algo traman…”. A nadie le sorprende que lo más marginal de la sociedad cubana sea el objetivo del mercadeo mercenario y el brazo ejecutor de sus agresiones. Buen caldo de cultivo que no hace más que recordarnos el enorme trabajo que tiene pendiente la sociedad cubana. Máxime si tomamos en consideración la impresión generalizada de que entre los participantes más agresivos de la algarada predominaba la población negra. Una cosa explica, sin duda, la otra y debería dar mucho que pensar a las autoridades. ¿Ven? Es muy fácil identificar áreas de mejora, objetivos de las políticas y retos para la sociedad civil, trabajando desde la aportación seria y constructiva. Pero eso no vale nada para quienes no buscan que nada mejore, sino su lucro e interés personal y el de su clase.
Pero es muy ilustrativo estudiar lo ocurrido en el curso de algunos
desórdenes, en especial los saqueos de tiendas y los intentos de asalto a
alguna estación de policía. Aún lo es más el acoso y
apedreamiento de hospitales, consultorios médicos y centros de protección
social y el amedrentamiento de la población que en ellos se encontraba. El
Centro de Impedidos Físicos “América Labadí”, en el reparto Antonio Maceo de
Santiago, fue protegido por los propios vecinos cuando algunos de esos sujetos comenzaron
a increpar a trabajadores y pacientes, según relataron ellos mismos. Y son
esclarecedores esos condenables sucesos porque en el acto mismo se muestra con claridad qué es lo que quieren destruir los que protestan, pues su mera existencia es la
viva imagen de lo que es la Revolución y de cuáles son sus logros. Y no solo
eso, sino que saben que mientras la inmensa obra levantada por los humildes
para los humildes siga en pie sus pretensiones no pasarán de eso, por mucho dinero
que inyecten los que quieren destruir lo que es de todos, porque los cubanos,
pueblo culto y generoso, sabrán defenderlo hasta el final.
Cuba, excepcionalidad viviente y por hablar de otra cosa, es el
país de América Latina que más medallas de oro ha obtenido en la recientes Olimpiadas
de Tokio, en las que la isla ocupó el puesto 14 del mundo, tan solo equiparado al
gigante Brasil, además de ser el primero del mundo en tasa de medallas por
habitante. Por situar las referencias, España no tiene vacuna anti-COVID
propia ni se la espera y ha ocupado el lugar 43 en esta competición mundial del
deporte.
Hay que acabar con Cuba, no lo duden, su ejemplo no puede ridiculizar
más al capitalismo.
M Díaz
(continuará)
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