El 22 de agosto de 2026 se publicó en The Lancet el artículo
“La crisis sanitaria se agrava en Cuba”, con el subtítulo “La grave escasez de
combustible y suministros médicos ha sumido al sistema sanitario en el caos”,
firmado por Joe Parkin Daniels (The Lancet, vol 408, num 10.556, pag 684).
El trabajo describe bien la difícil situación del país y de su
sistema sanitario, señalando con claridad la causa: “El bloqueo petrolero
estadounidense”, pero el lenguaje que utiliza en varios párrafos resulta
tendencioso, sesgado y alineado con claridad, y siempre a mi modo de ver, con
las deplorables intenciones del agresor. El lenguaje nunca es neutro, ni
ausente del sentido que quien lo usa quiera darle, ni lo que se comenta es algo
que no hayamos visto antes en otras publicaciones generales, pero el hecho de comprobarlo
en una prestigiosa revista científica resulta aún más lamentable y cuestionable
pues, como casi siempre, en el lenguaje, más que en los contenidos, está el
truco y la manipulación.
Así, habla de “la detención del presidente autocrático de
Venezuela”, en un alarde de aclaración que nadie le ha pedido de un hecho
marginal al objetivo del trabajo, estableciendo así una primera alarma sobre
las auténticas intenciones del editorialista. Mucho podríamos puntualizar al
respecto, pero me quedaré solo con lo evidente: EEUU no puede detener a nadie
en país alguno porque el mundo no es su jurisdicción universal y carece de
autoridad para ello. Mucho menos hacerlo con el presidente de un país soberano.
Lo que hizo con Maduro se llama secuestro tras una invasión de otro país,
Venezuela, que produjo más de 100 muertos, 32 de los cuáles eran cubanos.
Sobre la concentración de todo el poder en una sola persona,
según sugiere el texto, habrá que recordarle al autor que ese saqueado país tiene
una constitución y unas leyes, y que a sus representantes se les elige en
comicios democráticos en los que participan todos los partidos políticos que
quieran concurrir. Si el comentario quiere recordar que las últimas elecciones presidenciales
fueron muy controvertidas y la oposición y todo el movimiento mediático mundial
que la respalda las tacharon de fraudulentas, habría que considerar también que
cuando EEUU, tras el secuestro del presidente, decidió no elevar a la líder
opositora María Corina Machado al cargo de “presidenta encargada” lo hizo
aduciendo “que no gozaba del respaldo de la mayor parte del pueblo venezolano”.
Dadas las circunstancias el sentido común nos lleva a pensar que es difícil ganar
masivamente unas elecciones, como afirman, y no tener un amplio respaldo en la población.
Seguimos disecando el auténtico interés del artículo,
resaltando sus inconsistencias y abundando en que estas consideraciones serían
del todo innecesarias sin la aportación gratuita del autor sobre cuestiones
completamente accesorias al fin del trabajo.
Se habla de Venezuela y de su presidente y aunque no se hace
del de Perú, Ecuador o Colombia ¿alguien cree que si Parkin Daniels hubiera
encontrado el más mínimo argumento para traerlos a colación les hubiera
etiquetado de “autoritarios”? Por supuesto que no, a pesar de que se acumulan
las evidencias de que llegaron al poder tras elecciones en las que las pruebas
de fraude fueron apabullantes.
Cuando, poco más adelante, se explica que el corte del
suministro energético a Cuba forma parte de una campaña para “presionar al
gobierno comunista cubano”, el subconsciente o la intención calculada del ensayista,
nunca se podrá saber, vuelve a aflorar en el texto señalando cuestiones
completamente innecesarias para el curso del relato, pero bien dirigidas a una
parte de los lectores que tendrá en cuenta que el castigo a Cuba es cruel, sí, pero
posiblemente merecido por tener un
gobierno comunista.
El presidente Lula declaró en la
apertura del Foro de Sao Paulo, el 2 de julio de 1990, que “nos ofenderíamos si
nos llamaran nazis, neofascistas o terroristas. Pero nunca comunistas o socialistas.
Eso no nos ofende. Nos enorgullece”, pero para una parte de los
lectores del editorial de The Lancet el presidente cubano Díaz Canel y sus
ministros posiblemente tengan cuernos y rabo y aunque no está bien lo del
bloqueo y sus consecuencias, de alguna forma los cubanos se lo han buscado por
no quitarse de en medio a esos gobernantes.
Contrasta, ¿Qué esperaban?, con el hecho de que cuando habla
del gobierno de EEUU nunca lo adorna con la etiqueta de fascista, imperialista
o, simplemente, capitalista, sin duda porque es un dato irrelevante, una nimiedad
sin importancia comparada con el color político -rojo, claro- del gobierno de Cuba. Y en el
catálogo de olvidos destaca un rasgo de sinceridad que hubiera sido muy
coherente si al predicado de la oración que afirma que el gobierno
norteamericano exige a Cuba “que abra su economía y su sistema político” se le hubiera
completado con la guinda de “a los intereses de EEUU”, para que cada cual, si es
que acaso tuviera dudas, supiera a qué atenerse.
Pero, en un frenético cambio de guion que no por esperado
deja de sorprendernos, en el último párrafo se trata la situación del sistema
sanitario de Cuba obviando cualquier responsabilidad del criminal bloqueo de
EEUU, como si lo que pasa fuera fruto de la mala suerte, de los hados adversos,
el destino desfavorable o una fuerza cruel de la naturaleza. O, peor aún, “del
declive del país”, como dice, de modo que el lector pueda concluir que quienes
lo dirigen son unos ineptos o quizás unos corruptos. Porque según dice “lo que
antes se presentaba como un modelo de sistema de salud pública ahora es incapaz
de diagnosticar enfermedades virales comunes…”, lo que llevará sin duda a cualquier
lector a concluir que no sería tan bueno, ni tan sólido, como nos querían hacer
creer, al constatar que se desmorona como un castillo de naipes.
¿Y qué suponían, si en hospitales y consultorios no hay luz,
ni agua, ni medicinas, ni ambulancias, porque no tienen combustible para
circular? No sé qué creían, pero sí sé lo que pretende el autor: generar dudas
sobre su calidad y su capacidad de resolución, como si se tratara de un sistema
que no tiene interconexión con el exterior, ni necesidades básicas para su funcionamiento.
De este modo, una piedra tras otra, nos vamos convenciendo de que lo mejor
sería que los EEUU se hicieran cargo de una vez del fallido país e instalaran otro
gobierno que pusiera a funcionar lo que la incompetencia, cuando no la
corrupción, del gobierno comunista es incapaz de sostener.
A estas alturas no nos sorprende que la manipulación, la
tendenciosidad y la mentira impregnen permanentemente la información que nos dan
sobre Cuba. Pero que The Lancet se brinde a contribuir a esta desinformación es
triste y lamentable. Quizás debiéramos preguntarnos quiénes mandan en esa
revista y para quién trabajan.
Manuel Díaz Olalla
Madrid, 22 de agosto de 2022
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