Me resistía a hacerlo, pero mi indecisión no se debe al
análisis realista de que otros ya han escrito sobre esto mejor que yo. Nace del
convencimiento de que es difícil llegar a un número significativo de lectores,
especialmente a quienes no comparten mis ideas; unas ideas que, en esta
ocasión, considero difícilmente refutables desde la lógica, la justicia y el
sentido común. Pensaba y pienso que escribir este texto es en buena parte un
brindis al sol que busca más que otra cosa una recompensa personal inmediata:
un remedio paliativo para este sentimiento de impotencia que el bárbaro asedio
a Cuba me produce, pero no es menos cierto que, parafraseando a Martí, estar
con ese maltratado país y levantarse con él ahora es hacerlo para todos los
tiempos, aunque sea, añado yo, desde la comodidad de nuestra lejanía física y
sin sufrir los embates “en vivo y en directo” de esta agresión constante a la
que se ve injustamente sometido.
Por ello, finalmente tomo la pluma o el teclado, que tanto
da, y me pongo a ello.
Vivimos dominados por un vértigo que, como si de la fría
mirada de una cobra se tratara, nos mantiene paralizados a la espera de la
mordedura letal, sin capacidad de creer lo que está pasando y de reaccionar
ante la gravedad de la amenaza, por ese orden.
Y si nos sentimos así lo primero será reconocer que somos
unos estúpidos que hemos creído que el mundo ya no se regía por la ley que
impone el más fuerte, sino que existían unas normas de obligado cumplimiento,
llamémosle Derecho Internacional, o incluso Derecho Humanitario Internacional,
Multilateralismo, Naciones Unidas, y no sé cuántas mentiras más que nos han
inculcado desde el final de la segunda gran guerra con el infame propósito de
que creyéramos que habíamos rebasado la edad media y esto funcionaba de otra
manera.
Tenemos que admitir que, aunque bienintencionados, somos
unos necios tan ingenuos que hemos trasladado esa falsa noticia que anunciaba
un nuevo orden internacional a otros que, sin duda, se la habrán creído y que
ahora se sentirán tan traicionados como nosotros, aunque sin el agravante de
cargar con la responsabilidad adicional de haber servido de portavoces del gran
engaño del último siglo. Con esa culpa nos quedamos otros.
Señales de genocidio
Nos dieron señales, no lo niego, pero no supimos verlas o
reaccionar a tiempo y los neofascistas que están gobernando el mundo se han
envalentonado, certificando que no hay límites para su maldad y que
pueden hacer lo que quieran sin que nadie les enfrente o, más allá de alguna
muestra tímida de incomodidad o discrepancia, les impida seguir campando a sus
anchas, doblegando la voluntad de la mayoría y cometiendo todo tipo de crímenes
y tropelías con el firme propósito de imponer su poder y apropiarse de lo que
no es suyo para, desde su riqueza infinita e ilegítima, seguirnos sometiendo y
construyendo un mundo cada vez más injusto y
cruel.
Debimos verlo en Gaza y Líbano, y aunque los pueblos en
general y muchas personas decentes gritamos y nos rebelamos contra ese
genocidio, los gobernantes de Occidente se mantuvieron impasibles y sin mover
un dedo, cuando no apoyando al régimen sionista en la barbarie televisada a
diario que cometió y comete contra el pueblo palestino. Tendríamos que haber
exigido a nuestros corruptos gobernantes (¿acaso su inacción admite otra
calificación?) que se plantaran ante Trump y su cohorte de facinerosos cuando
asesinaron a decenas de miles de personas en Palestina, secuestraron al
presidente de Venezuela ante los impávidos ojos de todos, intervinieron y
manipularon a su antojo las elecciones de muchos países de Latinoamérica
colocando fraudulentamente a sus títeres en las presidencias, amenazaron con
apropiarse de Groenlandia y atacaron sin causa ni sentido a Irán por segunda
vez en pocos meses.
Y así hemos llegado a este genocidio que se comete hoy
contra Cuba, silencioso solo porque no arrojan -aún- bombas, que no es más que
una nueva y brutal vuelta de tuerca al feroz bloqueo financiero, comercial y,
ahora, energético, que durante más de seis décadas le ha impuesto EEUU. Y no
importa que reiteradamente merezca el rechazo de la mayoría de los países del
mundo en la Asamblea General de Naciones Unidas ya que, por encima de eso,
nadie lo impedirá, ni obstaculizará, ni enfrentará con medidas verdaderamente
útiles. Es verdad que la solidaridad es fundamental, según dicen es la ternura
de los pueblos, y si así fuera podríamos preguntarnos: ¿dónde está la
solidaridad de los gobiernos? Es cierto que la han mostrado, y mucho, México, y
también Brasil, y de modo más contundente aún, incluso con rotundos rechazos y
severas advertencias, China y Rusia, pero después de los agradecimientos, Cuba,
mirándolos fijamente a todos podría ironizar con el estribillo de aquella
canción de J.Lo y preguntarles: “¿y el petróleo p’a cuándo?”.
De bloqueos, su finalidad y sus (inconfesables) intenciones
El uso del bloqueo como instrumento indiscriminado para
someter a un pueblo es una repugnante arma de guerra anterior a la época
medieval, pues su esencia nos retrotrae al 133 a. C, año en que el general
romano Publio Cornelio Escipión sometió a Numancia después de 13 meses de
hambruna y enfermedades, tras los que los numantinos, agotados sus víveres,
decidieron poner fin a su situación entregándose algunos en condición de
esclavos, o suicidándose la gran mayoría. Nos traslada también a algún asedio
más reciente, como el de Biafra, en Nigeria, en 1967, que según se calcula
provocó hasta tres millones de muertos, muchos de ellos niños y niñas. Esta
barbaridad contemporánea, tan rotundamente retratada por Chimamanda Ngozi
Adichie en su novela “Medio sol amarillo”, tiene profundas resonancias para las
organizaciones humanitarias internacionales, lo que nos lleva a preguntarnos:
¿dónde está ahora el movimiento humanitario internacional y qué hace por Cuba?
Porque si es cierto que el movimiento se demuestra andando, ¿dónde están sus
denuncias, santo y seña del humanitarismo moderno?, ¿dónde el testimonio?,
¿dónde el altoparlante para la voz de las víctimas?
Porque al fin, de una manera u otra, estos terribles cercos
buscan lo mismo en todos los casos: rendir a un pueblo que no se doblega o no
se rebela contra sus dirigentes, cuyo recambio busca el acosador para mejorar
su posición o sus negocios en el país estrangulado o, incluso, y más
usualmente, para garantizar su expolio sin oposición ninguna.
A veces, como en este caso, la extorsión es también
extraterritorial y afecta a empresas de otros países, incluso occidentales y
aliados de Washington, como grandes cadenas hoteleras de España o Canadá, con
negocios, instalaciones e intereses en Cuba, sin que los mezquinos dirigentes
de esos países, o de Europa, interpelen al hegemón que impone su criterio y su
fuerza o le exijan comedimiento o contención, a pesar del daño que está
causando a la economía de la élite europea y de otros países.
No se lo exigen, no, y solo por plantearlo me descubro de nuevo como el iluso que soy al no querer darme cuenta de algo evidente: si no lo hacen es porque Occidente, esto es, Europa Occidental, Canadá, Oceanía, Japón y Corea del Sur, tiene los mismos intereses que EEUU en este condenable atropello, aunque, quizás por temor a la reacción de sus opiniones públicas, sus dirigentes hayan escogido el perfil bajo de ignorar los hechos, a pesar de que, como decía Miguel Hernández, por más que “quieran ocultar la infamia, el color de cobardes no se les irá de la cara”.
Algún incauto como el que suscribe, aunque con un sentido
más realista de la geopolítica, es de la opinión de que lo que realmente pasa
es que la dependencia política, económica, de seguridad, etc., que Europa tiene
de EEUU le impide tomar cualquier decisión autónoma, por tímida que sea, que le
aparte un solo milímetro del guion que la potencia norteamericana tiene escrito
para sus acólitos del mundo entero. Si así fuera, y no dudo que haya mucho de
ello en la vil postura de los aliados de EEUU ante el inhumano bloqueo a Cuba,
lejos de que ese vasallaje se pueda considerar como exculpatorio de su mezquina
actitud, deberíamos interpretarlo más bien como una muestra más de la profunda
degradación en que está sumida la clase política europea desde hace años. ¿O es
que poner a disposición de las políticas de la élite norteamericana los
intereses de 450 millones de europeos, eliminando el rastro de la más mínima
autonomía de la política exterior de la UE y sus países miembros es poca
muestra del nivel de descomposición y abandono al que han llegado nuestros
gobernantes? ¿Acaso el temor a represalias comerciales justificaría
la indigna pasividad que muestran respecto al genocidio lento que se comete
contra el admirable pueblo de la mayor de las Antillas? Por supuesto
que no. Y de nada valen los gestos torcidos, los desplantes teatrales, ni la
aureola de santurrones con que algunos quisieran disfrazarse cuando ante los
hechos consumados, se revelan tan obedientes de los designios del emperador
como cualquiera.
Porque las prioridades son las prioridades, y hacer
política, por encima de declaraciones de intención, es decidir dónde se ponen
los recursos y dónde no. España, sin ir más lejos, ha destinado 9.500 millones
de € extras a material militar en la primera mitad de 2026 para cumplir con la
OTAN y Trump, de modo que este esfuerzo presiona las cuentas públicas y amenaza
partidas como la sanidad y la educación según informa la prensa, que no se
abstiene de señalar que se trata del mayor aumento del gasto en defensa en
décadas. Mientras, Sánchez finge ser el malote de esta
película frente a Trump, aporta una escuálida parte de los 16 millones de € que
la UE va a destinar este año a Cuba en concepto de Ayuda Humanitaria (sí, ha
leído bien, 16 frente a 9.500 para EEUU y su industria militar) y no dice una
sola palabra, como sus conmilitones de los otros países del viejo continente,
del brutal asedio a Cuba que su patrón en el tablero mundial ha decretado hasta
la inanición de su heroico pueblo.
Decía Hannah Arendt que el peligro de la banalidad del mal
viene de gente corriente que deja de pensar y solo cumple órdenes. El pueblo
alemán fue un ejemplo de ello durante la dictadura nazi y hoy en día los
dirigentes europeos y de otros países vuelven a caer en ese mismo error, y al
decidir no pensar y obedecer se sitúan entre los colaboradores necesarios que
todo crimen precisa, facilitando que se produzca todo el daño que el reyezuelo
de la piel anaranjada y su tracatán Rubio han decidido causar
al pueblo de Cuba por no querer arrodillarse ante el imperio y por negarse a
acatar sus designios como han hecho otros.
Porque Cuba se encuentra en estos momentos sufriendo el
bloqueo que EEUU le ha impuesto desde hace 65 años elevado a la enésima
potencia. Se trata ya de un acorralamiento energético y de un acto de guerra
con el que se castiga a casi 10 millones de personas. Las sanciones económicas,
una versión infinitamente más benigna que el bloqueo que padece Cuba, son
medidas extremas que puede aplicar el Consejo de Seguridad, el único órgano con
competencias universales para imponer medidas obligatorias a los Estados
miembros bajo el Capítulo VII de la Carta de las Naciones Unidas, solo cuando
existe un peligro para la paz y siempre contra países que son considerados una
amenaza para los demás. Según lo establecido en aquel documento fundacional se
deciden de forma consensuada evitando producir un daño excesivo a la población,
por lo que las medidas unilaterales coercitivas que toman uno o algunos países
no son legales según el derecho internacional general, ya que infringen los
principios de no intervención, igualdad soberana y solución pacífica de controversias.
Porque lo cierto es que este tipo de interposiciones busca
en realidad, y aunque no se diga abiertamente, castigar a la población para
que, desesperada, promueva un vuelco interior que logre los cambios que quienes
las decretan no pueden conseguir. A veces se reconoce sin tapujos (“Las
sanciones a Rusia son un veneno de acción lenta e irreversible”, declaró Josep
Borrell el 15 de febrero de 2023 a la agencia Efe), aunque no es lo usual. Pero
lo cierto es que aproximadamente un tercio de la población mundial se encuentra
bajo los efectos de alguna de estas rechazables medidas, una proporción
parecida si hablamos del PIB mundial que acumulan los países que sufren estos
castigos.
Las cuentas de la devastación
Las sanciones que han impuesto EEUU y la Unión Europea de
1971 a 2021 a otros países son las más devastadoras de la historia, superando
con creces a las decretadas por las Naciones Unidas. Según un reciente análisis
publicado en Lancet Global Health (“Efectos de las sanciones
internacionales sobre la mortalidad”, Prof. Rodríguez et al., Universidad de
Denver, agosto 2025), estas medidas han causado 564.258 muertes al año. La
cifra es dramática si se compara con las guerras, a las que se imputan algo más
de 100.000 decesos anuales en el mismo periodo. El estrangulamiento económico
mata más que las armas y, como afirma Juan Torres López, catedrático de
Economía de la Universidad de Sevilla, es una forma de guerra no declarada como
tal, aunque mucho más cruel y sanguinaria, puesto que se orienta a “dañar a la
población civil que se supone no es quien debe ser el sujeto activo de un
conflicto bélico” (“La guerra silenciosa y más cruel”, Ganas de
escribir, noviembre 2025). Estos desmanes aumentan de forma nítida la
mortalidad infantil, la materna y la general, en especial entre la población
más vulnerable, incrementando de modo exponencial la desnutrición. Son
lamentablemente exitosas, por tanto, en su efecto inmediato de producir daño
como un fin en sí mismo, dolor y sufrimiento a la gente inocente, pero lo son
muy poco para alcanzar los objetivos de cambios de gobierno o régimen que
supuestamente las justifican.
Porque como se apunta, los efectos de estas bárbaras medidas
son bien conocidos desde hace años. En el año 2000 tuvimos la suerte de visitar
Irak, que estaba sometido en aquél momento al castigo colectivo mundial
ordenado por la ONU denominado “Petróleo por alimentos”, donde pudimos
constatar que la mortalidad infantil se había incrementado de manera dramática,
pasando de 56 menores de un año fallecidos por cada mil nacidos vivos en1989 a
136 por mil en el plazo de 10 años, que un 20% de los recién nacidos presentaba
bajo peso, que más de 800.000 niños y niñas menores de 5 años padecían desnutrición
crónica y un porcentaje elevado anemia y raquitismo, uno de cada diez
desnutrición aguda y cada niño menor de esa edad soportaba
anualmente una media de 14 episodios de diarrea, de tal forma que el 70% de las
muertes infantiles lo era por estos problemas o por infecciones respiratorias
agudas, patologías todas ellas remediables con mejores condiciones de vida (Revista Temas
para el debate, nº100, marzo 2003, pg. 68-70).
Pero posiblemente, el caso más sangrante y reprobable por su
saña y duración sea el que estamos tratando: el bloqueo de Estados Unidos a
Cuba. El “embargo”, como lo llaman eufemísticamente para disfrazar su crueldad
quienes lo defienden y ejecutan, se lleva imponiendo desde 1962 y ha costado a
la Isla un total de 170.000 millones de dólares, lo suficiente para dar de
comer a toda la población cubana durante más de un siglo, sin que desde
entonces haya cambiado el régimen político ni alcanzado uno solo de sus
propósitos intermedios, a no ser el sufrimiento y la penuria de los cubanos.
Los datos más recientes informan que en esta nueva etapa de agudización y
extensión de las medidas se observan aumentos sensibles de la mortalidad
infantil (que era una de las más bajas de América) y de la mortalidad general,
los que sin duda irán seguidos de otros indicadores del deterioro de la salud
colectiva debido al colapso de un sistema sanitario que, aunque sólido,
universal, gratuito y eficaz, carece en estos momentos de suficiente energía
eléctrica como para mantener sus actividades mínimas e indispensables, además
de por el declive de la alimentación, la salud pública, la calidad del agua, la
climatización de las viviendas, el transporte, las condiciones medioambientales
y un largo etcétera. La falta de combustible provocada por el sitio naval
impuesto bajo amenazas por el gobierno de los EEUU y la cobardía de los demás
países que podrían desafiar esa ilegal imposición, pero no lo hacen, suspende o
ralentiza toda actuación fundamental, no ya para el bienestar, sino simplemente
para la supervivencia.
La ley de la selva
Ha escrito la Casa de las Américas de Cuba en declaración
del 13 de julio que “un siniestro fantasma recorre el mundo: el fantasma
del neofascismo”. Si exceptuamos Gaza, la inmoralidad de las acciones del
Imperio contra Cuba no encuentra parangón en la historia reciente y escandaliza
e indigna a cualquier persona decente y con sentimientos, sin necesidad de
apelar, siquiera, al cuerpo del Derecho Internacional. Se trata simple y
llanamente de la ley de la selva, la vuelta a la época colonial, la Enmienda
Platt resucitada, el ordeno y mando imperial sin apelaciones, el fin del
multilateralismo si es que alguna vez existió. ¿Qué derecho tiene EEUU para
acabar por sus bemoles y sin causa alguna con la economía de un país, con sus
servicios de salud, de educación o de protección social, con sus recursos, con
sus empleos, con las vidas y los derechos de millones de personas? ¿Quién le
autorizó a terminar con las ilusiones de tanta gente? Nadie, evidentemente.
¿Qué deberes tiene el mundo que asiste a esta expresión de brutalidad
indignante? Los de impedirlo, sin lugar a dudas. No hay razón de Estado que
justifique no hacer nada, ni estrategia calculada de supervivencia particular
que explique ignorar lo que ocurre. Al contrario: no actuar en este caso es
apostar por un sistema de relaciones internacionales en que el próximo acosado,
invadido, bloqueado, asediado, vilipendiado o aniquilado pueda ser el que con
más empeño mira ahora hacia otro lado, mientras Cuba resiste y lucha por
sobrevivir. Se trata llanamente de terrorismo de Estado.
Lo probaron en Oriente Medio y en Latinoamérica y el
genocidio y la invasión les está saliendo gratis en términos de oposición o
censura internacional. ¿Por qué no iban a ir con todo contra ese ejemplo de
independencia y dignidad que es la mayor de las Antillas? Tan solo Irán les ha
respondido en defensa propia y solo cuando ha visto peligrar su propia
existencia, y ahora el gobierno norteamericano no sabe cómo terminar esa
aventura bélica ni cómo disfrazar su derrota. Pero Cuba no es Irán: es un
bocado demasiado fácil, suculento y próximo como para no intentarlo. O, al
menos, eso creen. El poderío militar de la superpotencia y la abismal ventaja
de que le dota, plantea un enfrentamiento extremadamente desigual en el que las
posibilidades de destrucción del país agredido serían enormes. Pero apoderarse
de Cuba es otro cantar, al menos si los agresores no encuentran la colaboración
interna que buscan, la traición o, dicho en cubano, alguien que quiera
“trabajar para el inglés”, o si no se atreven a poner tropas en el terreno,
porque tal decisión traería como consecuencia un castigo para el invasor de tal
magnitud que quizás no le salieran las cuentas. Sea como fuere, esa aventura
tendría muy poco de paseo imperial. No en vano todos los cubanos aprenden en la
escuela que «quien intente apoderarse de Cuba, recogerá el polvo de su suelo
anegado en sangre, si no perece en el intento», como dijo Maceo, y muy
posiblemente estén preparados para convertir cualquier conato de asalto en “la
guerra de todo el pueblo”.
Mudos cooperadores necesarios
Las situaciones extremas de acoso y ataque permanente tienen
la cualidad de exponer la talla de cada cuál y sus auténticas intenciones. Los
cooperadores necesarios de este crimen —esto es, fundamentalmente ese
“Occidente” de gobiernos e instituciones que abarca desde la Unión Europea y
sus organismos hasta Canadá o el Reino Unido— están demostrando su verdadera
naturaleza. El Gobierno de España, dada su responsabilidad histórica y el hecho
de que en Cuba todavía se la llame “madre patria”, lidera esta complicidad. En
la actual tesitura, todos ellos demuestran ser, además de corruptos, una
caterva de auténticos farsantes que no tienen el mínimo interés en los derechos
humanos, en especial en los de los cubanos. Porque tras decenios de rasgarse
hipócritamente las vestiduras con la cantinela de que “el rrégimen”
cubano y su “aparato rrepresivo” no respetaba los derechos elementales
de la población resulta que ahora vemos con sorpresa cómo uno de los atentados
más brutales contra esos derechos (¿existe una conculcación mayor de los mismos
que privar a las personas de lo necesario para vivir?) no merece la más mínima
censura ni advertencia por su parte. Ninguna alharaca, amenaza, plante ni
advertencia. Ninguna sanción, ninguna exigencia, ningún escándalo. Solo la boca
callada y la dignidad por el suelo, ¡qué vergüenza!
Y esto, indudablemente, nos lleva a concluir que, en
realidad, lo de los derechos humanos esgrimido tanto y tan ofensivamente contra
Cuba solo era un cuento más, una estrategia, un engañabobos para justificar
acciones que buscaban lo que ahora se muestra sin máscara ninguna: derribar al
gobierno de un país soberano, cambiar su sistema político y social para
sustituirlo por otro más adecuado a los intereses de quienes tanto chillaban.
Todo para que tengamos que reconocer finalmente que jamás les importaron los
derechos humanos de los cubanos. Es más, a ese coro de fariseos jamás le
interesaron los derechos humanos de ningún pueblo, al menos si la
correspondiente reclamación fingida no abundaba en mejorar sus posiciones y,
quién sabe, sus perspectivas de un buen expolio. Si pudieran, instalarían un
nuevo gobierno cuyo respeto a la democracia y a los derechos elementales sería,
sin duda, algo secundario y sin importancia de lo que no habría que hablar. En
fin, el guion de siempre, que no es otro que el que nos dice que Cuba estará
lista, “oh marine, oh boy", "cuando aparezcas por el horizonte dispuesto a
inyectarle democracia", como glosó tan elocuentemente
Benedetti.
Y entonces, como ahora, “Occidente” callará y mirará para
otro lado.
Dije que éramos ingenuos, sí, pero no tanto. Sobre el
teatrillo de los derechos humanos y la democracia estábamos muy advertidos. En
especial tras comprender que el país que intenta sojuzgar a Cuba soporta un
sistema de partido único de facto, al menos en todo lo que tiene que ver con su
política exterior. ¿O cabe otra explicación al hecho de que, ante este
repulsivo ataque ilegal contra un país soberano, y al igual que ocurre con el
apoyo sin fisuras al régimen sionista, existan muy pequeñas discrepancias entre
el Partido Republicano y el Demócrata? Salvo muy escasas, aunque honrosas
excepciones, la clase política estadounidense sigue a pies juntillas las
instrucciones de la mafia cubano-americana de Miami en sus políticas hacia
Cuba, lo que es especialmente evidente desde que llegó Rubio al gobierno,
quien, con el desparpajo de saberse amparado por la impunidad absoluta, extrema
las medidas de acoso y la guerra ilegal, mientras alardea de ellas sin pudor y
sin vergüenza: “Cuba no escapará a la soga”, según amenazó recientemente este
redivivo Pedro Navaja, matón de esquina, que cantara Rubén
Blades, ante el silencio ensordecedor del “mundo libre” (Diario La
Jornada, 10 agosto 2026).
Como dijo Assange, las guerras no serían posibles sin la
participación decidida de los medios de comunicación. En el caso de este
combate silencioso que se libra contra Cuba este aserto es más que evidente.
Excepto unos pocos casos, la mayoría de los medios masivos, sobre todo las
grandes cadenas y consorcios de comunicación de EEUU y Europa, empezando por
España, donde el auténtico periodismo independiente es una rara avis muy
difícil de encontrar, están cumpliendo el papel asignado por las grandes corporaciones,
los bancos y los fondos de inversión que los gobiernan, que no es otro que el
de la justificación, cuando no la incitación, de la miserable guerra, el
bloqueo y el cerco con que la gran potencia asfixia a la Isla. Todo, además,
desde la mentira, la falsificación, la manipulación y el bulo, porque no se
trata de informar, evidentemente, como casi nunca lo fue en relación a Cuba,
sino de aportar su granito de arena a esta ignominia. De esta forma dirigen la
guerra psicológica que forma parte esencial del guion colonial y que no
pretende otra cosa que los cubanos y las personas de buena fe que observan la
realidad empiecen a dudar de todo, a no distinguir lo cierto de lo falso y lo
justo de lo parcial y tendencioso para que, como decía Malcom X, acaben odiando
a los oprimidos y amando a los opresores.
Esperábamos poca cosa del autodenominado con ningún motivo
“mundo libre” y lo que está pasando con Cuba nos lo confirma. Los nuevos amos
del Universo, los que cabalgan a lomos de ese siniestro fantasma que recorre el
mundo, están implantando de hecho un nuevo paradigma. Por eso nos cuesta tanto
entenderlo: sus valores no son los nuestros. Bueno, en realidad no tienen
valores, solo el del dinero para imponer su ideología, su hegemonía y su
doctrina del saqueo. Dijo Fidel que si se acabase con la filosofía del despojo
se acabarían las guerras, y su voz de gigante centenario retumba en nuestras
conciencias más alta que nunca.
Solo los pueblos salvan a los pueblos, pero Cuba está sola
de toda soledad en términos de ayuda con la que enfrentar el injusto castigo al
que está sometida. La solidaridad es un bien que no tiene precio, pero por
desgracia, hoy por hoy, el petróleo es un botín que los infames no están
dispuestos a soltar.
Manuel
Díaz Olalla
Madrid, 15 de
agosto de 2026





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