El Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, a
propuesta del llamado “grupo de Lima”, ha aprobado una resolución en la que insta al gobierno de Venezuela a aceptar
una supuesta ayuda humanitaria internacional1. A mi modo de ver y por todo lo que significa,
este organismo multilateral incurre así de forma flagrante en la perversión de
término y concepto, además de plegarse a los intereses intervencionistas de un
grupo de países que pretende con esta pantomima derrocar a un gobierno
legítimo.
En toda mi vida en este mundo de la cooperación y la acción
humanitaria, es la primera vez que veo que un organismo internacional, sería
igual que fuera un país, inste a otro
a que acepte la ayuda humanitaria internacional. Es decir, a que reconozca, primero, que tiene
una crisis que no puede resolver con sus propios medios por lo que requiere
colaboración exterior y, luego, a que acepte la que le impongan otros, como
ellos quieran y, posiblemente, sujeta a determinadas y aviesas condiciones, que
es de lo que se trata.
Creo que nadie duda a estas alturas de que esos
condicionantes habilitarían a los generosos
donantes a intervenir en la política interna de Venezuela, en el funcionamiento
de sus instituciones y en su forma de gobierno. Es decir, que la espléndida
colaboración que nadie les pidió lo que realmente pretende es conculcar su
soberanía.
En las relaciones internacionales el mecanismo de la ayuda
humanitaria sólo se activa cuando el propio país que la necesita la solicita o,
en el caso de que gobierno e instituciones hayan colapsado y no exista autoridad
legítima, la ponga en marcha la ONU. Ninguna de estas dos circunstancias se da
en Venezuela. Y, no solo eso, sino que es la primera vez en la historia que otros
instan a un país a que la acepte sin que la haya solicitado ni reconocido que
la precisa.
¿No les parece raro todo esto? Efectivamente, como estará
pensando, quienes instan no
pretenden, ni les preocupa lo más mínimo, mejorar la vida de los venezolanos,
ni buscan, como técnicamente exige la puesta en marcha de un mecanismo como ese,
“disminuir la mortalidad y la morbilidad asociada a la crisis”, sino que, si
llega el caso, la incrementarían con medidas antisociales o con la violencia y
la intervención militar.
Nos enseñaron, desde Dunant en Solferino, que este mecanismo
de la ayuda internacional se da solamente ajustado a las necesidades de la
población que sufre (salvar vidas, curar enfermedades, aliviar el dolor) y, a
diferencia de otros instrumentos de la cooperación entre países, no puede ser
condicionado por nada ni reclamada su devolución en el futuro. ¿Alguien cree de
verdad que los farsantes que promueven esa iniciativa no piensan poner
condiciones al gobierno venezolano si la aceptara? ¿Alguien puede creer que su
objetivo principal no sea, en realidad, cesar o someter a Maduro, un presidente
que, les guste o no, ha sido elegido democráticamente por la mayoría de los venezolanos?
Está claro, ni buscan aliviar las necesidades de los venezolanos ni tienen
previsto no imponer sus condiciones. Mentiras nada más y crisis falsa y
fraudulenta.
¿Y quiénes son los que manipulan los mecanismos del
movimiento humanitario internacional para
anteponer sus propios intereses a los del pueblo venezolano que ha elegido
libremente a sus gobernantes? El grupo de Lima. Es decir un grupo de países de
América que, al no encontrar suficiente eco de su política agresiva contra
Venezuela en el seno de la OEA porque jamás alcanzaron la mayoría necesaria para
impulsar sus propósitos, crearon un grupo fuera de la misma para promover sus propios
desmanes, ellos mismos sin contar con la oposición de nadie. Es un “yo me lo
guiso y yo me lo como” más bien patético que pone en evidencia su minoría en
aquél organismo internacional.
Y lo que más perplejo nos deja desde la perspectiva del
humanitarismo internacional es que esta exigencia absurda la formulen quienes
han provocado la situación adversa de la población que ahora intentan revestir
de crisis humanitaria. Efectivamente, son ellos y solo ellos los que con su
seguidismo a las sanciones y al bloqueo impuesto a Venezuela a requerimiento y
mayor gloria de Donald Trump, han provocado la escasez de algunos productos que
ahora quieren disfrazar de crisis humanitaria. Como si Hitler hubiera exigido a
Rusia que, durante el asedio a Stalingrado, aceptara la ayuda que quería
brindar Alemania, sobre todo, y sin duda, para que fuera repartida por él y su
ejército, casa por casa.
O sea, que funciona así: te intentan matar de hambre y luego
te exigen que cojas la comida que te ofrecen de sus propias y criminales manos.
¿Estará envenenada? No lo duden; si no en su composición, claramente en sus
objetivos políticos. No diremos que es la primera vez que asistimos a la
representación de una desfachatez como esta en el mundo, no, porque utilizar,
pervertir hasta el concepto y engañar a la gente tomando la ayuda humanitaria
como señuelo, es un asunto bien conocido desde que el humanitarismo aparece
ante los ojos de la gente como una actividad digna de loa. Pero el desparpajo y
la mofa a la inteligencia con que lo hacen estos farsantes, llega en este caso
al esperpento máximo.
Se suben encima de la ayuda humanitaria, ni siquiera para no
hacer lo que deben en su nombre sino, y esto es lo terrible, para fomentar la
guerra, la muerte, la injusticia y la mentira, o sea, para todo lo contrario
para lo que se concibió.
No era humanitarismo lo que movió a Estados Unidos y a sus
cómplices, con el gobierno de España a la cabeza, Zapatero presidente, a
destruir Libia en 2011, aniquilando a miles de personas (“efectos colaterales”
denominó a esos crímenes un nefasto funcionario español), asegurando el
asesinato de Gadaffi y su familia y los desmanes que se cometieron contra sus
seguidores. Y lo hicieron sin pudor hasta controlar su petróleo y dejar
convertido a ese país, uno de los más prósperos del Norte de África, en un guiñapo irreconocible. No lo era, por
mucho que los asaltantes consiguieran el beneplácito de la ONU para sus
acciones con la excusa de establecer un “corredor humanitario”.
No era ayuda humanitaria las actividades que desplegaban los
aviones de Estados Unidos que lanzaban comida en Afganistán solo minutos
después de haber sobrevolado esos mismos lugares tirando bombas, en Octubre de
2001 y que veíamos pasar sobre nuestras cabezas (“ahora bombas, ahora leche en
polvo, que el que no perezca en el bombardeo no vaya a morir de hambre, que tampoco
somos unos salvajes”), en la misma frontera pakistaní cerca de Pesahwar.
No era la supervivencia y la mejora de las condiciones de
vida de los afectados lo que pretendía el ejército indonesio cuando decidió que
serían sus soldados, y no las ONG’s internacionales, quienes repartirían
medicinas y alimentos a sus enemigos, los rebeldes de Aceh damnificados por
unas terribles inundaciones que devastaron aquélla región en 2003. Como tampoco
buscaba aliviar el sufrimiento del pueblo cubano la UE cuando en 1992 intentó canjear
ayuda humanitaria por concesiones políticas de aquél gobierno en pleno periodo
especial y en lo más álgido de la epidemia de neuritis óptica que se declaró en
el país caribeño.Tampoco pretendían prevenir el sarampión los agentes de la
CIA disfrazados de trabajadores humanitarios que montaron una campaña de
vacunación en Abbottabad, con el objeto de identificar a los familiares de Bin
Laden, para darle muerte, lo que consiguieron en 2011.
No todo puede valer en este mundo y, con todo, esta zafiedad
revestida de humanitarismo que protagonizan los pupilos de Trump en América
Latina rebasa todo lo conocido, dando un paso más en el desprecio absoluto a
aquél movimiento y a la legislación que lo regula. No solo causan los problemas
que la población civil sufre en Venezuela, tal y como certeramente denuncia el
expresidente Zapatero, mediador internacional nada sospechoso de izquierdista,
sino que después exigen a su gobierno legítimo que acepte la ayuda humanitaria
que ellos, los causantes, le brindan, para poder usarla de propaganda con el
fin de desprestigiarle, y para negociar
con ella en su objetivo de controlarle.
Pero las cosas son como son y la realidad es tozuda e
implacable. Por muchas cuestiones que se pueden detallar, los que exigen ahora
a Venezuela, debieran ver primero la viga en el propio ojo y temblar por si
Venezuela les insta también a que reciban su ayuda, o a que le reconozcan la
que ya les dan. A pesar del movimiento emigratorio que protagonizan muchos
venezolanos en la actualidad, lo cierto es que, según ACNUR, la mayor cantidad
de refugiados estables en América Latina está en Venezuela y son colombianos.
Según esa agencia de las Naciones Unidas, entre los años 2007 y 2017, la
cantidad de colombianos que ha buscado asilo en Venezuela se ha mantenido
estable, entre 100.000 y 500.000 personas al año2, y en la
actualidad Venezuela cobija a 5 millones 600 mil colombianos, 400 mil
ecuatorianos y 500 mil peruanos sin decretar emergencia migratoria ni recibir
dinero de EEUU. Otro dato singular en este sentido lo da la Organización
Internacional para las Migraciones (OIM), que manifiesta que en estos momentos
de intensificación migratoria, el 69% de quienes cruzan diariamente la frontera
entre Venezuela y Colombia son colombianos y 7 de cada 10 que lo hacen en
dirección a Colombia piensan regresar a Venezuela el mismo día3. Más
de medio millón de brasileños reciben la electricidad que produce Venezuela4
y niños y adolescentes venezolanos en el
norte de Brasil están expuestos a explotación laboral, violencia sexual y otros
malos tratos, según un informe de la OIM y Unicef5. Por si eso fuera poco, Brasil y Argentina
duplican y triplican, respectivamente, la mortalidad infantil de la desarrapada república bolivariana6 y
Macri, el presidente de este último y magnánimo país, consiguió con sus
políticas crear 4 millones de pobres solo en los primeros meses de su mandato7.
Cientos de miles de personas cruzan todos los años la frontera mexicana con EEUU sin que a nadie, ni al propio Trump, se le haya ocurrido nunca decretar la alarma mundial por necesidad calamitosa de México, ni jamás nadie le exigió a sus gobernantes que tomen la ayuda humanitaria que le imponen otros, cómo y con las condiciones que estos quieran. Entonces, ¿con qué derecho y legitimidad el gobierno de Peña Nieto, destacado impulsor y miembro del grupo de países que plantean la insólita y fraudulenta exigencia a Maduro, puede pedirle tal cosa a Venezuela?
Quizás la población de todos esos países, con gobiernos tan sensibles a las penurias
por las que atraviesan otros, estén pensando que una parte de esa generosidad,
aunque sea pequeña, que ahora ofrecen al pueblo venezolano bien podrían
dedicarla a retornar a los que tuvieron que salir por la violencia y la
miseria, a atender sus necesidades básicas o a salvar a sus hijos de una muerte
tan segura como cruel por el desinterés, el abandono y el desprecio a los más
humildes. No habría ayuda humanitaria mejor empleada que la de invertir en
aliviar el sufrimiento de tu propia gente antes de andar enredando e inventando
cómo tumbar a un gobierno ajeno que, por los indicadores que manejan los
organismos internacionales, se preocupa y trabaja mejor para su población que
ellos mismos.
No hay que pedirles tanto a esos fachos. De hecho poca gente
se habrá planteado en serio que harían cosas en beneficio de sus propios pueblos,
pero de momento, con que no intentaran crear una crisis con la que justificar
su intervención imperial en un país democrático, el mundo les estaría
eternamente agradecido.
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